Los Ricos también quiebran: Capítulo 2

Los Ricos también quiebran: Capítulo 2


Aperitivo

  • En el capítulo anterior conocimos a la viuda y los tres hijos de don Pedro Teodosio, el hombre que durante un siglo manejó el devenir de San Pancracio. En su testamento, el prócer atribuye la plena propiedad y el control de su emporio “al más capacitado de sus descendientes”. De paso, aprovechando la impunidad que le otorga su condición de cadáver, don Pedro comunica a sus hijos que tienen una hermana…

pollitosfamily

¿Así que a mi padre lo había fulminado un rayo mientras podaba un árbol? ¡No puede decirse que te falte imaginación!”. Pocas horas después de haberse convertido en la mujer más rica y poderosa de la región, Marga Teresita pedía explicaciones a su madre, debatiéndose aún entre la conmoción, el enfado y la tristeza… por los dos padres que nunca tuvo.

“¡Ay, hija! Es verdad que a mi Venancio lo mató un rayo… ¡Como un churrasco se quedó, pobrecito mío! Algo espantoso. Los de la funeraria fueron muy amables: me hicieron un buen descuento, porque la descarga lo había dejado ya medio incinerado. Eso fue un alivio, la verdad, porque en aquella época estábamos ahogados por las deudas. Pero el infeliz de Venancio no fue tu padre… Enviudé muy joven, seis meses antes de que don Pedro apareciera en mi pueblo para comprar toda la cosecha de tomates. ¡Los mejores del país! Aunque él se aprovechaba de que éramos pobres e ignorantes y se los llevaba por una miseria… “.

“¡Yo pensaba que era un filántropo!”, exclamó Marga Teresita, desconcertada.

“Uy, no, hija… Las caridades vinieron después, y fue gracias a ti. En aquella época era un negociador implacable. A una edad en la que otros están dando de comer a las palomas, él seguía siendo un hombre muy poderoso… ejem, incluso físicamente. Don Pedro había oído lo del rayo, quiso conocerme y… bueno, el caso es que me puso una panadería, y venía de vez en cuando “a ver qué tal iba el negocio”. Los dos pensábamos que disparaba con balas de fogueo, así que imagínate el susto cuando me di cuenta de que estaba preñada. Aunque él no estaba muy seguro de que el bebé fuera suyo, trasladó la panadería a San Pancracio, por si acaso. ¡En cuanto naciste pidió la prueba de paternidad! La verdad es que se emocionó cuando tuvo los resultados, y juró que tendrías la mejor educación que el dinero puede pagar, igual que sus demás hijos. Por eso montó la famosa Fundación, para costear tus estudios con disimulo. Decía que había resultado una jugada maestra: mientras todos le consideraban un benefactor, ¡él se estaba ahorrando una fortuna en impuestos!”. 

Apoyo materno

No muy lejos, otra madre trataba de calmar a su hijo del alma, que había perdido por completo el aplomo habitual y se paseaba frenético de un lado a otro del salón.

“¡Necesitamos mantener el control de las finanzas familiares como sea, madre! Si esa mosquita muerta tropieza por casualidad con nuestros pequeños apuntes creativos en la contabilidad del banco, estamos perdidos. ¡Voy a acabar con ella! ¡Voy a aplastarla! ¡Voy a desintegrarla!”.

“Avísame cuando termines de desvariar para que empecemos a trazar un plan de acción, Luciano Federico”, indicó Elena de las Nieves mientras examinaba con ojo crítico su impecable manicura.

La puerta se abrió sin ruido para dar paso al único habitante de la mansión cuyo rostro era aún más inexpresivo que el de la señora de la casa: Benicio, el mayordomo. Aunque normalmente era Elena de las Nieves quien se encargaba del servicio, el discreto Benicio había sido contratado personalmente por don Pedro Teodosio dos años antes. “Necesitamos un mayordomo adecuado a nuestro elevado estatus”, había sido su única explicación.

Superada la sorpresa inicial, Elena de las Nieves tuvo que admitir que Benicio era el sirviente perfecto: siempre irreprochable en sus acciones y completamente invisible. Le bastaron pocas semanas para convertirse en un elemento tan cotidiano como el papel pintado de las paredes. Incluso la mascota que le seguía a todas partes, un chihuahua feísimo llamado Fermín, mostraba siempre un comportamiento asombrosamente correcto: ni ladraba, ni mordía… ni meaba donde no debía. Los miembros de la familia consideraban tal destreza en el adiestramiento canino como una prueba más del talento de su mayordomo para mantenerlo todo bajo control. 

Benicio sirvió con pericia un té Darjeeling para Elena de las Nieves y un whisky (Ardbeg, of course) para Luciano Federico, que no tenía claro si matar al mayordomo por haber interrumpido su perorata o agradecerle aquel copazo tan necesario para sus nervios. 

Benicio cumplió su cometido en tiempo récord y levitó fuera del salón, sin percatarse de que el desleal Fermín había elegido quedarse meneando el rabo junto a Elena de las Nieves. Esta, que despreciaba a la mayor parte de los seres humanos pero sentía debilidad por los animalitos feos y vulnerables, acomodó a Fermín sobre su regazo y volvió la atención hacia su hijo:

“Como te decía, Luciano Federico, deja de hablar como un neurótico y usa la cabeza. De momento, no hay ninguna necesidad de matar moscas a cañonazos. Marga Teresita sólo tiene tres días para revisar las cuentas antes de aceptar oficialmente la herencia, y por mucho Master en Harvard que tenga es imposible que encuentre en tan breve plazo lo que una empresa multinacional de auditoría no ha logrado ver en siete años… De momento, es mejor actuar con sutileza. Apuesto mi collar de brillantes a que esa pequeña advenediza va a estar abrumada y desorientada durante bastante tiempo. Aprovecharemos estos momento de fragilidad para ganarnos su confianza y seguir manejando los hilos… ¡hasta que encontremos el modo de deshacernos de ella!”.


Apoyo fraterno

Al día siguiente, Marga Teresita decidió que no tenía sentido posponer lo inevitable y regresó a la mansión para hablar con sus hermanos. Aunque para ella el mayor impacto había sido enterarse de que su mentor era en realidad su propio padre, no se le ocultaba que el testamento de don Pedro había supuesto un verdadero terremoto emocional y económico para su recién hallada familia.

Victoria Marina se reveló como una aliada no del todo inesperada: “¡Cualquiera antes que Luciano Federico! Estoy segura de que nosotras dos nos entenderemos bien, es imposible que haya en el mundo nadie tan obtuso, egoísta y corrupto como mi… quiero decir nuestro querido hermano mayor. Además… bueno, la carta que dejó papá para mí me ha conmovido. Me pide perdón por haberme obligado a estudiar Medicina. Dice que era un hombre chapado a la antigua y que no imaginaba a una mujer dirigiendo negocios a gran escala, pero que tanto tú como yo le demostramos lo equivocado que estaba, y me ruega que te ayude en todo. ¡Quién iba a decir que el viejo admitiría alguna vez el más mínimo error! Aunque, por supuesto, tenía que esperar a estar muerto para renunciar a la infalibidad, ja ja”. 

Marga Teresita abrazó a Victoria, pensando en el discreto sistema epistolar que el prócer había elegido para saldar las cuentas pendientes de su vida. Los cuatro hermanos y Elena de las Nieves habían recibido una carta sellada con las últimas palabras de don Pedro para cada uno de ellos. Hasta el momento, la única que había compartido espontáneamente el contenido de la suya había sido Victoria Marina.

Por el contrario, Carlos Adalberto había declarado abiertamente que no tenía ninguna intención de abrir la gruesa misiva que le había entregado el abogado. Consideraba inaceptable que su padre, al que admiraba con pasión, hubiera negado a Marga Teresita sus derechos de nacimiento durante veintiocho años, “dejándome desarrollar hacia ella unos sentimientos que ahora no sé cómo manejar”, pensaba para sí. 

“Marga, he estado pensando seriamente en abandonar San Pancracio y aceptar la oferta que recibí de Hong Kong”, comunicó Carlos Adalberto a la que aún no lograba considerar su hermana. 

Ella no le preguntó el motivo. Compartía su desazón, aunque se alegraba de haber sido un poco más reservada que él en la exposición de sus sentimientos. “¿Cuándo te vas?”, preguntó en un susurro.

“Dije que lo he estado pensando, no que lo haya decidido. En cualquier caso, voy a esperar hasta asegurarme de que mi madre y Luciano no te ponen las cosas demasiado difíciles. Ambos tienen una obsesión insana por controlarlo todo, y me preocupa que jueguen sucio para torcer la voluntad de mi… nuestro padre. Puedes contar con mi apoyo hasta que te sientas más segura”.


El beso de Judas

Lo cierto es que Marga Teresita también temía la inevitable confrontación con Luciano Federico, que se había designado a sí mismo heredero in pectore mucho tiempo atrás. Es fácil imaginar su estupefacción cuando un sonriente Luciano la abrazó y la besó en la frente con un afecto tan falso como bien interpretado: la joven no sospechaba que estaba a punto de actuar como comparsa en una representación sabiamente orquestada por Elena de las Nieves. 

Con cultivada pose de hermano mayor, Luciano transmitió el discurso que llevaba ensayado, burlándose en su interior mientras recordaba las sabias acotaciones de su madre: 

“No puedo negar que el testamento de nuestro padre ha supuesto una cruel desilusión para mí (No es tonta y no se creerá que te has quedado tan contento, es mejor que desactives sus recelos desde el principio admitiendo que la situación no es de tu agrado; eso le hará pensar que eres sincero y bajará la guardia), pero soy un hombre práctico y mi prioridad es el bienestar de la familia, como seguro que también lo es la tuya (Hazle sentir que estáis del mismo lado, y que si te considera un oponente será ella la culpable del conflicto). Te ofrezco de todo corazón mi guía fraternal y mi larga experiencia en gestión financiera y patrimonial, para realizar de manera provechosa esta transición hacia una situación más estable… en la que todos podamos aportar lo mejor de nosotros mismos (Dale a entender que el actual control absoluto que le otorga el testamento no es la situación ideal y no tiene por qué ser definitiva, pero sin que lo perciba como una amenaza)”.



Después de escuchar en silencio y con atención, Marga Teresita manifestó a Luciano su profundo agradecimiento por la elegancia con que había encajado la incómoda decisión de su padre y le aseguró que valoraba infinitamente su apoyo y su guía. A Luciano Federico le faltó tiempo para comunicarle a su madre que la misión había sido un éxito y que, sin la menor duda, “la pardilla había mordido el anzuelo”.


Repartiendo la tarta 


Cuatro días después de la lectura del testamento, la familia volvió a reunirse en el despacho de don Pedro, aunque esta vez sin la intimidatoria presencia de los abogados y en un ambiente que invitaba a la confraternización: siguiendo las instrucciones de Marga Teresita, Benicio se paseaba por la habitación ofreciendo delicados canapés y bebidas de la mejor calidad. 

Mientras esperaban la aparición de la joven heredera, todos sabían ya que Marga Teresita había firmado la aceptación irrevocable de la herencia y que había pasado el día anterior reunida con los abogados, para informarse con detalle sobre el alcance de sus nuevas responsabilidades como única propietaria y cabeza de familia. Los tres hermanos y Elena de las Nieves estaban preparados para defender sus respectivas posiciones y preferencias sobre el futuro reparto de atribuciones.

Cuando Marga Teresita hizo su entrada, Carlos Adalberto comprobó con agrado que la nueva situación no parecía haber alterado sus gustos: seguía vistiendo la misma ropa informal y de vivos colores que, según palabras textuales de Luciano Federico, resultaba “absolutamente inadecuada para la representante de un imperio económico y financiero como el nuestro”

Para ligero sobresalto del hermano mayor, Marga Teresita se dirigió sin vacilar hacia el emblemático escritorio de caoba de don Pedro y se acomodó en la silla Chippendale, con la naturalidad de quien no tiene duda alguna sobre su lugar en el mundo. Con una sonrisa y un gesto de la mano los invitó a tomar asiento y comenzó su bienvenida:

“Os agradezco mucho vuestra presencia en esta reunión improvisada. Un entramado empresarial como el que maneja esta familia no puede permanecer mucho tiempo sin dirección, así que he considerado prioritario abordar cuanto antes la nueva estructura”.

“Sabia decisión, querida hermana”, intervino Luciano Federico, dispuesto a acaparar el protagonismo y a marcar su territorio desde el primer momento. “Basándome en mi dilatada experiencia, tengo algunas sugerencias al respecto…”.

“Sugerencias que te agradezco con todo mi corazón, Luciano Federico”,interrumpió Margarita con los cándidos ojos verdes fijos en su hermano. “Pero antes me gustaría compartir con vosotros mis decisiones sobre el futuro reparto de poderes”.

“¿Decisiones? Supongo que has querido decir reflexiones, ¿verdad, querida?”, acotó Elena de las Nieves.

“No, señora… He dicho decisiones porque no están sujetas a debate. Son firmes y los abogados ya están trabajando para darles el debido respaldo legal”. Al ver que Elena de las Nieves estaba a punto de lanzar un exabrupto, se apresuró a continuar. “Sin embargo, creo que a todos les agradará saber que he optado por una política continuista. Nunca he creído acertado entrar en un lugar que funciona bien como un elefante en una cristalería: mi opinión es que los cambios radicales casi nunca son necesarios o, cuando lo son, no deben abordarse con precipitación…”.

Victoria Marina y Carlos Adalberto se miraron frunciendo el ceño, ante la clara posibilidad de que el continuismo favoreciera el poder en la sombra de Luciano Federico y su madre. Sin darse por enterada, Marga Teresita continuó: “De hecho, doña Elena, me gustaría que ocupara usted el lugar de don Pedro como presidenta honoraria del patronato de la Fundación para el Progreso de San Pancracio…”.

Elena de las Nieves se sosegó de inmediato y asintió con gesto regio, convencida de que tal honor, si bien poco lucrativo, demostraba que aquella tontuela no albergaba ninguna sospecha sobre sus intenciones… ni sobre sus incómodos problemillas económicos. 

“Por lo que se refiere a la clínica, no tengo ninguna duda de que ya está en las mejores manos”, sonrió Marga Teresita dirigiéndose a su hermana. “En cuanto a la empresa de producción de jugos y mermeladas, será Carlos Adalberto quien presida el Consejo de Administración y asuma las máximas responsabilidades ejecutivas, que por supuesto podrá delegar o compartir como estime conveniente”, siguió la joven, sin levantar esta vez la vista del papel que tenía delante.

Con diferentes grados de satisfacción, todos concluyeron que Marga Teresita había optado por minimizar el conflicto con su nueva familia, dejando las cosas más o menos como estaban y reservándose un control nominal y poco intervencionista. 

“En cuanto a la presidencia del banco y del Family Office que gestiona el patrimonio familiar, está claro que se trata de responsabilidades complejas y vitales para nuestro futuro”, señaló Marga Teresita, de nuevo con su brillante sonrisa y levantando la mirada hacia Luciano Federico. “Por eso, estoy convencida de que lo mejor es…”

¿Conseguirá Luciano Federico mantener el control y seguir ocultando las misteriosas trampitas camufladas en la contabilidad del banco familiar? La inexperta Marga Teresita, ¿será de verdad tan tonta como parece? ¿Qué secretos se esconden tras la impenetrable máscara de Elena de las Nieves?  Todas las respuestas el próximo mes…

Y si mientras esperas…¿Compartes?

responsabilidad social

revista finanzas personales

¿Te ha gustado? ¡Cuéntalo!Share on Facebook0Tweet about this on TwitterShare on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone

4 Comentarios

  1. Leticia Silva says:

    Para que quede bien, me encantaría que Carlos Adalberto no fuera hijo del patriarca

  2. Pingback: ¿Un culebrón financiero? Guauuuuuu... | El Recetario Financiero: tu portal de economía casera

  3. itzaitzelr says:

    Muy buena narrativa, espero el próximo capítulo.

    Saludos,

    Itza

Deja un comentario

O
 

Acceso sólo para suscriptores Suscríbete GRATIS aquí